Federico, todavía vivo. Noventa años después de que quisieran callarlo
Ayer, 16 de agosto de 1936, hizo exactamente noventa años que fueron a buscar a Federico García Lorca.
Lo encontraron en casa de sus amigos, la familia Rosales, donde se había refugiado. Fue Ramón Ruiz Alonso, antiguo diputado de la CEDA, acompañado de fuerzas policiales, en una operación organizada para detenerlo allí. Después fue llevado al Gobierno Civil y posteriormente trasladado a Víznar. Federico tenía treinta y ocho años.
Ese mismo día de la detención fue asesinado su cuñado, Manuel Fernández-Montesinos, alcalde socialista de Granada.
Mañana, 18 de agosto, se cumplen noventa años de la fecha en la que, según la hipótesis más aceptada, fue asesinado en algún lugar entre Víznar y Alfacar.
Digo «según la hipótesis más aceptada» porque incluso noventa años después seguimos sin poder fijar con absoluta certeza la fecha exacta de su muerte. Los documentos franquistas hablaron, con la cobardía burocrática que caracteriza a tantas dictaduras, de que había fallecido «a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra». La investigación de Ian Gibson sitúa su asesinato en la madrugada del 18 de agosto (1).
Pero hay algo que sí sabemos.
Sabemos que Federico García Lorca fue detenido.
Sabemos que fue asesinado.
Sabemos que quienes lo mataron pertenecían al bando sublevado.
Y sabemos que después intentaron borrar hasta las huellas de su muerte.
Noventa años después, sin embargo, Federico sigue aquí.
Me cuesta hablar de Lorca únicamente como poeta.
Y no porque no fuera un poeta extraordinario. Lo fue. Uno de esos escritores que consiguen que las palabras parezcan haber estado esperando durante siglos a que alguien las coloque exactamente en ese orden.
Pero Federico era mucho más que sus versos.
Estudió música y estuvo muy vinculado a Manuel de Falla y al mundo del cante jondo y la música popular. El piano fue fundamental en su vida.
Músico. Dibujante. Dramaturgo. Director de teatro. Conversador. Amigo. Viajero. Hombre de una enorme curiosidad. Un ser humano profundamente vital. Lorca no empezó siendo simplemente «el poeta».
Y creo que es importante recordarlo así.
Porque existe una tendencia a convertir a los grandes autores en estatuas.
Los colocamos en los libros de texto, les ponemos una placa, aprendemos algunas fechas, memorizamos dos o tres versos y terminamos olvidando que antes de convertirse en «Federico García Lorca» fueron personas.
Federico fue una persona.
Y estaba vivo.
Tenía miedo. Tenía deseos. Reía. Tocaba el piano. Hacía amigos. Discutía. Viajaba. Escribía. Se equivocaba. Se emocionaba.
También amaba. Profundamente. Durante los últimos años de su vida compartió una relación sentimental con Rafael Rodríguez Rapún, actor y secretario de La Barraca, una relación que hoy podemos reconstruir a través de sus cartas y de los testimonios de quienes los conocieron.
Tenía, además, un miedo casi supersticioso a la muerte.
Y resulta insoportable pensar que precisamente a él fueron a buscarla.
Fue enormemente curioso, sociable y vital. Viajó a Nueva York, Buenos Aires, La Habana... Precisamente en La Habana quedó fascinado por la ciudad y escribió a sus padres: «Esta isla es un paraíso».
Pero hay otra cosa que me interesa especialmente recordar.
Federico entendió que la cultura no podía ser un privilegio.
Quizá por eso La Barraca sea una de las partes de su vida que más me conmueven.
Durante la Segunda República, Federico participó en aquel proyecto teatral universitario que llevó las obras de nuestros clásicos por los pueblos de España. Lope de Vega, Calderón, Cervantes… autores que habían quedado encerrados en los espacios culturales de las élites fueron puestos delante de públicos que muchas veces nunca habían tenido acceso a ellos.
Eso también era hacer política.
No necesariamente política partidista.
Política en el sentido más profundo de la palabra: decidir qué lugar ocupa la cultura en una sociedad y quién tiene derecho a disfrutarla.
Federico no quería un teatro encerrado en los salones.
Quería un teatro vivo.
Un teatro que viajara.
Un teatro que llegara a quienes no tenían un palco.
Y sabía perfectamente para qué servía: «El teatro es una escuela de llanto y de risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equivocadas» (2).
Y quizá por eso, cuando pienso en Lorca, pienso también en lo que significa hacer teatro hoy.
Porque el teatro puede ser entretenimiento, por supuesto.
Puede ser belleza.
Puede ser juego.
Pero también puede ser una forma de encontrarnos con aquello que preferiríamos no mirar.
Puede hacer preguntas.
Puede incomodar.
Puede poner delante de nosotros las contradicciones de una sociedad.
Puede devolverle la palabra a quien no la tiene.
Y puede recordarnos que la cultura no debería ser una mercancía reservada para quienes pueden pagarla.
Por eso tampoco quiero convertir a Lorca en una especie de santo laico del antifascismo.
Sería demasiado fácil.
Federico no fue un militante político como lo entendemos hoy. No perteneció a un partido revolucionario. No hace falta inventarle una militancia que no tuvo para reconocer el significado político de su vida y de su asesinato.
Fue un republicano sin filiación política, como lo describe la documentación del Centro Virtual Cervantes. Y precisamente por eso resulta tan revelador observar qué era lo que representaba para quienes querían construir una España sometida, uniforme y silenciosa. Entre las acusaciones que circularon contra él estuvieron sus vínculos con Fernando de los Ríos, sus supuestas relaciones con «los rusos» y su homosexualidad.
Federico era incómodo.
Por lo que escribía.
Por lo que representaba.
Por las personas con las que se relacionaba.
Por su manera de entender la cultura.
Por su homosexualidad en una sociedad profundamente homófoba.
Por su cercanía a la República.
Por todo aquello que escapaba del modelo de hombre que aquella España reaccionaria quería imponer.
No hacía falta que Federico llevara un carnet en el bolsillo.
Bastaba con que fuera Federico.
Hay algo especialmente brutal en la historia de su asesinato.
No quisieron matar solamente a un hombre.
Quisieron imponer silencio.
Y durante décadas lo consiguieron parcialmente.
La dictadura intentó domesticar su obra, separar al poeta de las circunstancias de su muerte y convertirlo, cuando ya no podían hacerlo desaparecer, en una figura cultural inofensiva.
Pero Lorca nunca fue inofensivo.
¿Cómo iba a serlo?
¿Cómo puede ser inofensivo un poeta que escribe sobre mujeres encerradas, sobre deseos imposibles, sobre cuerpos que quieren vivir, sobre la violencia de las normas sociales, sobre quienes son condenados por no aceptar el lugar que les han asignado?
¿Cómo puede ser inofensivo un dramaturgo que pone en escena el deseo de libertad?
¿Cómo puede ser inofensiva una cultura que deja de obedecer?
La propia recuperación de Lorca durante el franquismo tuvo precisamente ese problema: su obra podía ser representada, pero resultaba mucho más difícil neutralizar todo lo que había de disidente en ella. Cuando sus textos volvieron a los escenarios, también reapareció una tradición cultural popular que el franquismo había intentado domesticar y convertir en folclore inofensivo.
Y entonces pienso en aquella madrugada.
En algún lugar de Granada.
En un hombre de treinta y ocho años.
En alguien que probablemente tenía miedo.
En alguien que sabía que lo estaban llevando hacia la muerte.
En alguien que nunca pudo imaginar que, noventa años después, habría personas que todavía pronunciarían su nombre con rabia, con ternura, con admiración.
No sabemos exactamente dónde está Federico.
Su cuerpo continúa desaparecido.
Su tumba no tiene una lápida.
No podemos llevar flores hasta el lugar exacto donde quedó.
Y, sin embargo, nunca consiguieron enterrarlo del todo.
Porque Federico está en los escenarios.
Está en los libros.
Está en las escuelas.
Está en las bibliotecas.
Está en las voces de quienes recitan sus versos.
Está en quienes vuelven a representar La casa de Bernarda Alba, Yerma o Bodas de sangre.
Está en quienes descubren por primera vez que un poema puede doler físicamente.
Está en quienes entienden que el teatro puede ser una forma de resistencia.
Está en quienes todavía creen que la cultura debe ser un derecho y no un privilegio.
Está, incluso, en quienes no saben nada de política pero leen sus palabras y sienten que algo se mueve dentro.
Yo conocí a Federico a través de la poesía y del teatro.
Y quizá por eso no puedo recordarlo únicamente como una víctima.
Quiero recordarlo como alguien que vivió.
Alguien que creó.
Alguien que amó.
Alguien que quiso hacer del mundo un lugar un poco más hermoso.
Eso es importante.
Porque los fascistas mataron a Federico García Lorca.
Pero no consiguieron convertirlo en un muerto.
Y esa diferencia importa.
El fascismo quiso que su nombre desapareciera.
No lo consiguió.
Quiso que sus palabras dejaran de escucharse.
No lo consiguió.
Quiso que la cultura volviera a estar encerrada detrás de las puertas de quienes podían permitírsela.
Tampoco lo consiguió del todo.
Quiso imponer una España en la que determinadas personas tuvieran que esconder quiénes eran, qué deseaban, qué pensaban y qué soñaban.
Y noventa años después seguimos luchando contra eso.
Por eso Federico sigue siendo nuestro contemporáneo.
No porque tengamos que convertirlo en algo que no fue.
Sino porque algunas de las cosas contra las que escribió, amó y vivió siguen estando entre nosotros.
Noventa años.
Noventa años desde que fueron a buscarlo.
Noventa años desde que intentaron hacer callar una voz.
Noventa años desde que enterraron —o intentaron enterrar— a un hombre sin tumba.
Y aquí estamos.
Leyéndolo.
Representándolo.
Recitándolo.
Recordándolo.
Queriéndolo.
Quizá esa sea la derrota más hermosa que puede sufrir un verdugo.
Porque ellos tenían las armas.
Federico tenía las palabras.
Ellos tenían el poder de matar.
Federico tenía el poder de permanecer.
Y permanece.
Todavía.
Federico, noventa años después, sigue vivo.
NOTAS Y REFERENCIAS
(1) La fecha del 18 de agosto sigue la investigación de Ian Gibson, quien sitúa el asesinato de Federico García Lorca en la madrugada de ese día. El Centro Virtual Cervantes recoge expresamente esta hipótesis en su biografía del poeta. Véase también la entrevista de Gibson publicada en El País el 5 de abril de 2018, donde reafirma su convicción sobre las primeras horas del 18 de agosto.
(2) https://www.cervantesvirtual.com/portales/federico_garcia_lorca/?